Sandra Pani (México,
DF, 1964) pertenece a una generación de artistas que consideró
la pintura como algo acabado, anticuado, y en cierto sentido, muerto.
Resulta sorprendente que a mediados de los ochenta, cuando más
se habló de la muerte de la pintura, Pani decidiera dedicarse
a ella. Este punto de vista se reveló como una afirmación
polémica; pese a ello no deja de resultar singular el nacimiento
de una pintura abstracta y semi-figurativa casi clásica, y
que mejor esa resistencia en los momentos álgidos del arte
conceptual y minimalista. Ahí radica su convicción.
En este sentido, no creo que esté de más insistir en
que, Pani, como en muchos de sus contemporáneos, la vuelta
a la pintura, a una predisposición más lírica,
al encuentro con determinadas posibilidades del lenguaje, tiene poco
de irreflexivo; más bien es un gesto expresivo y colorista.
Su pintura se sitúa en el terreno de una figuración
con ciertos acentos poéticos abstractos, que nutre sus raíces
en la historia de la pintura del siglo XX, especialmente Picasso,
Morando, Matisse, Giacometti y en las corrientes de vanguardia como
la abstracción norteamericana. Pienso por ejemplo, en la influencia
de Esteban Vicente y Agnes Martín en el color; William de Kooning
en la figuración; Barnet Neumen y Robert Ryman en el razonamiento
del trazo.
Lo que la artista pone ante los espectadores es la creación
de imágenes pintadas, compuestas y contrapuestas, expandidas
hasta el ensanchamiento del espacio pictórico que las contiene,
y en las que subyace, figurado, el gesto psíquico de su autor.
En ellas la materia, los pigmentos, el color, constituyen la sustancia
germinal desde la que todo crece y se desarrolla.
Sandra Pani ha buscado una equivalencia o unidad concreta, entre la
composición poética con su ritmo, la pincelada y figuras
de sus cuadros. La artista busca y sigue un ritmo poético,
separando el fondo de la forma en dos distancias o dimensiones. Una
constante en su obra, explícita desde el inicio mismo de la
década de los ochenta en sus términos actuales, pero
enuncia ya bajo supuestos minimalistas en las pinturas de los noventa,
ha sido la confrontación entre un fondo muy pictórico,
que en ciertos momentos podría parecer atmosférico,
y una figura o figuras, a veces definibles, a veces de voluntaria
ambigüedad formal, que flotan en él a ala vez que lo anteceden
en el plano, deparando al espacio de la representación una
profundidad puramente pictórica.
Pani se adentra en ala década de los noventa, en formatos grandes,
sin dejar de trabajar en el dibujo y la obra gráfica. Técnicamente,
la pintura de estos años muestra una mayor maestría,
una seguridad en el trazo y en la colocación del color, pero
también revela una serie de cambios que no son radicales, pero
que logran un significado importante. Por ejemplo, su gama de colores
se amplía a tonos ocres y a otros nunca utilizados, como el
negro. En general, la atmósfera se hace más sombría,
con una gama de blancos, sienas y grises. El clima en el ambiente
internacional y el renacer de una cierta estética "norteamericana"
en los noventa, pueden explicar de mejor manera estas atmósferas
más profundas.
Pero también, con la madurez de su pintura se lección
estética parece perfilarse con más nitidez. Está
cada vez más en la línea de pintores cuya poética
sugiere estados de ánimos a través del color (Tàpies,
Broto, Ràfols-Casamada) y, en otras obras, en la expresión
de variaciones atmosféricas y luminosas. En Pani ha evolucionado
y se ha transformado la manera de pintar, el trazo, la composición
y el ritmo de los cuadros en los últimos años. En cada
obra hay una mayor riqueza cromática por lo cual, su lectura
visual varía. En Cuerpo en ocre, 2002, una mancha ocre y un
perfil naranja están apenas esbozados sobre un fondo blanco
casi monocromo: esta presencia, así, adquiere una consistencia
casi onírica. Por otro lado, Pani se permite, en esta última
época, mayores libertades, especialmente en los contrastes
entre colores sordos y una línea viva, detonante e inédita.
Es aquí, en ese espacio cercado, en esa ventana abierta, en
ese cuerpo que mira desconcertado al vacío o al mar, donde
aparece el lugar de la pintura: un lugar en el cual todo es real y,
todo, posible. Espacio donde acción y memoria confluyen, donde
idea y sentimiento resuelven su oposición, donde cualquier
oposición, donde cualquier oposición se desvanece y
donde el color y la luz, la veladura y la sombra devienen y llegan
a ser conocimiento. En efecto, los significados textuales, expresivos
y metafóricos se han doblegado ante la esencial significación
poética-pictórica. "Toda la pintura -dice Ràlfos-Casamada-
debe ser luminosa. El ritmo de las pinceladas debe traducir el ritmo
y el movimiento de las hiervas". Así, los cuadros o dibujos
recientes de Pani exhiben algo más que su armazón, más
que su tema. El color y el dibujo constituyen la textura de ese tejido.
Su concepción y tratamiento del espacio, por otro lado, ha
ganado en complejidad. La plenitud a mediados de los años ochenta
ha dado paso a una mayor sensación de profundidad; la composición
rígidamente ortogonal, a espacios casi infinitos en los que
navegan unas formas geométricas y unos signos que dejan sentir
la huella de la mano, unos signos no temblorosos, pero sí abiertos
y, en cierto sentido, palpitantes.
De esta experiencia es la experiencia que ofrece y muestra la obra
de Sandra Pani.
Experiencia que la artista no puede describir puesto que es la experiencia
propia de lo que le aconteció en la construcción de
la obra, en la actividad de la pintura, en su realización.
Es como si, finalmente, Sandra Pani hubiera sido capaz de armonizar
el espacio poético de Morando y el espacio lírico de
Joan Miró, que han sido fundamentales en la memoria visual
de cualquier artista mexicano contemporáneo.
Wallace Stevens tituló uno de sus poemas más celebres
El poema que ocupó el lugar de una montaña. De manera
más material y radical, las superficies puntadas de Pani se
niegan a ocupar el lugar de las cosas: inscriben simplemente la memoria
cotidiana y poética de una realidad. En ello radica, paradójicamente,
su sentido poético, el color, el signo y la luz que son aspectos
recurrentes que vemos en el total de la obra de Pani. Apropiándome
de una estimación de Dore Ashton respecto a otro artista, diré
que en Pani: "Su oficio ha alcanzado la envergadura de sus visiones".