SANDRA PANI: ESPÍRITU E INTUICIÓN por Miguel Ángel Muñoz
Octubre / Noviembre 2003

Sandra Pani (México, DF, 1964) pertenece a una generación de artistas que consideró la pintura como algo acabado, anticuado, y en cierto sentido, muerto. Resulta sorprendente que a mediados de los ochenta, cuando más se habló de la muerte de la pintura, Pani decidiera dedicarse a ella. Este punto de vista se reveló como una afirmación polémica; pese a ello no deja de resultar singular el nacimiento de una pintura abstracta y semi-figurativa casi clásica, y que mejor esa resistencia en los momentos álgidos del arte conceptual y minimalista. Ahí radica su convicción. En este sentido, no creo que esté de más insistir en que, Pani, como en muchos de sus contemporáneos, la vuelta a la pintura, a una predisposición más lírica, al encuentro con determinadas posibilidades del lenguaje, tiene poco de irreflexivo; más bien es un gesto expresivo y colorista.
Su pintura se sitúa en el terreno de una figuración con ciertos acentos poéticos abstractos, que nutre sus raíces en la historia de la pintura del siglo XX, especialmente Picasso, Morando, Matisse, Giacometti y en las corrientes de vanguardia como la abstracción norteamericana. Pienso por ejemplo, en la influencia de Esteban Vicente y Agnes Martín en el color; William de Kooning en la figuración; Barnet Neumen y Robert Ryman en el razonamiento del trazo.
Lo que la artista pone ante los espectadores es la creación de imágenes pintadas, compuestas y contrapuestas, expandidas hasta el ensanchamiento del espacio pictórico que las contiene, y en las que subyace, figurado, el gesto psíquico de su autor. En ellas la materia, los pigmentos, el color, constituyen la sustancia germinal desde la que todo crece y se desarrolla.
Sandra Pani ha buscado una equivalencia o unidad concreta, entre la composición poética con su ritmo, la pincelada y figuras de sus cuadros. La artista busca y sigue un ritmo poético, separando el fondo de la forma en dos distancias o dimensiones. Una constante en su obra, explícita desde el inicio mismo de la década de los ochenta en sus términos actuales, pero enuncia ya bajo supuestos minimalistas en las pinturas de los noventa, ha sido la confrontación entre un fondo muy pictórico, que en ciertos momentos podría parecer atmosférico, y una figura o figuras, a veces definibles, a veces de voluntaria ambigüedad formal, que flotan en él a ala vez que lo anteceden en el plano, deparando al espacio de la representación una profundidad puramente pictórica.
Pani se adentra en ala década de los noventa, en formatos grandes, sin dejar de trabajar en el dibujo y la obra gráfica. Técnicamente, la pintura de estos años muestra una mayor maestría, una seguridad en el trazo y en la colocación del color, pero también revela una serie de cambios que no son radicales, pero que logran un significado importante. Por ejemplo, su gama de colores se amplía a tonos ocres y a otros nunca utilizados, como el negro. En general, la atmósfera se hace más sombría, con una gama de blancos, sienas y grises. El clima en el ambiente internacional y el renacer de una cierta estética "norteamericana" en los noventa, pueden explicar de mejor manera estas atmósferas más profundas.
Pero también, con la madurez de su pintura se lección estética parece perfilarse con más nitidez. Está cada vez más en la línea de pintores cuya poética sugiere estados de ánimos a través del color (Tàpies, Broto, Ràfols-Casamada) y, en otras obras, en la expresión de variaciones atmosféricas y luminosas. En Pani ha evolucionado y se ha transformado la manera de pintar, el trazo, la composición y el ritmo de los cuadros en los últimos años. En cada obra hay una mayor riqueza cromática por lo cual, su lectura visual varía. En Cuerpo en ocre, 2002, una mancha ocre y un perfil naranja están apenas esbozados sobre un fondo blanco casi monocromo: esta presencia, así, adquiere una consistencia casi onírica. Por otro lado, Pani se permite, en esta última época, mayores libertades, especialmente en los contrastes entre colores sordos y una línea viva, detonante e inédita. Es aquí, en ese espacio cercado, en esa ventana abierta, en ese cuerpo que mira desconcertado al vacío o al mar, donde aparece el lugar de la pintura: un lugar en el cual todo es real y, todo, posible. Espacio donde acción y memoria confluyen, donde idea y sentimiento resuelven su oposición, donde cualquier oposición, donde cualquier oposición se desvanece y donde el color y la luz, la veladura y la sombra devienen y llegan a ser conocimiento. En efecto, los significados textuales, expresivos y metafóricos se han doblegado ante la esencial significación poética-pictórica. "Toda la pintura -dice Ràlfos-Casamada- debe ser luminosa. El ritmo de las pinceladas debe traducir el ritmo y el movimiento de las hiervas". Así, los cuadros o dibujos recientes de Pani exhiben algo más que su armazón, más que su tema. El color y el dibujo constituyen la textura de ese tejido.
Su concepción y tratamiento del espacio, por otro lado, ha ganado en complejidad. La plenitud a mediados de los años ochenta ha dado paso a una mayor sensación de profundidad; la composición rígidamente ortogonal, a espacios casi infinitos en los que navegan unas formas geométricas y unos signos que dejan sentir la huella de la mano, unos signos no temblorosos, pero sí abiertos y, en cierto sentido, palpitantes.
De esta experiencia es la experiencia que ofrece y muestra la obra de Sandra Pani.
Experiencia que la artista no puede describir puesto que es la experiencia propia de lo que le aconteció en la construcción de la obra, en la actividad de la pintura, en su realización. Es como si, finalmente, Sandra Pani hubiera sido capaz de armonizar el espacio poético de Morando y el espacio lírico de Joan Miró, que han sido fundamentales en la memoria visual de cualquier artista mexicano contemporáneo.
Wallace Stevens tituló uno de sus poemas más celebres El poema que ocupó el lugar de una montaña. De manera más material y radical, las superficies puntadas de Pani se niegan a ocupar el lugar de las cosas: inscriben simplemente la memoria cotidiana y poética de una realidad. En ello radica, paradójicamente, su sentido poético, el color, el signo y la luz que son aspectos recurrentes que vemos en el total de la obra de Pani. Apropiándome de una estimación de Dore Ashton respecto a otro artista, diré que en Pani: "Su oficio ha alcanzado la envergadura de sus visiones".